Grosellas:
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Argüelles.

El invierno pasado, mientras me encontraba de visita en Madrid y después de pernoctar en casa de mi primo Miguel, tomé el metro en la estación de Mar de Cristal en dirección a Lavapiés para reunirme allí con mi primo Valentín. Miguel es un muy buen conversador y habíamos pasado la noche recordando historias familiares, algunas de las cuales se remontaban hasta los tiempos de la Guerra Civil —aunque los dos sólo la conocemos por los recuerdos de nuestros padres, tíos y abuelos.

Mi cabeza estaba llena de las imágenes de esos años y, todavía con los efectos de la resaca, divagaba de una idea a la otra cuando, al llegar a Argüelles, donde debía hacer el transbordo a la línea amarilla, noté a una mujer de gabardina azul marino, rubia, de buenas formas y de unos cincuenta años que, sollozando, bajaba apresuradamente del tren dejándose en el asiento un legajo de carpetas atadas con una cinta morada. Rápidamente lo cogí y corrí tras ella, pero cuando salí del vagón, la mujer ya había desaparecido entre la muchedumbre.

Picado por la curiosidad, me dirigí casi corriendo al Barbieri donde, tras pedir un carajillo para pasar el frío, abrí el legajo y me encontré entonces con una serie de cartas, cuentos cortos, transcripciones de diálogos y otros papeles diversos, dispuestos sin mayor orden ni concierto. Al leerlos con más cuidado, sin embargo, comenzaba a vislumbrarse una historia. Una de las notas manuscritas llevaba la firma de Viviana Altman Kröel de Temuco.

Mi primo Valentín ya había llegado, le pedí que me prestara su móvil, y ahí mismo consulté con mis amigos en esa ciudad, pero ninguno de ellos —ni Óscar ni Luis ni Osvaldo— pudo darme ninguna noticia cierta sobre ella. Nadie recordaba tampoco a una Elvira Codulá o a una Montserrat Esperanza Martín, aunque sus nombres aparecían prominentemente en varios de los papeles.

Continué leyendo el legajo en el tren que me llevó de vuelta a Logroño esa misma tarde y, ya antes de llegar a Burgos, decidí que las historias contenidas en esos papeles heterogéneos y dispares eran interesantes y que debían publicarse. Como cualquier editor que se precia de tal, hice algunos cambios aquí o allá, agregué un par de detalles, inventados claro está, y quité otros que me parecían que no venían al caso. Modifiqué algunas circunstancias y aclaré otras; pero, en lo esencial, el texto que sigue es fiel al que llevaba esa mañana la mujer de gabardina azul. Espero que, si llega a leerlo, le guste y me perdone el atrevimiento de publicarlo sin su permiso explícito. Vale.

RES
Anguiano, 26 de octubre de 2013


Caburga


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